Monday, November 10, 2014

12

Levantarte temprano y pasarte el día andando de un lugar a otro. Probar comida que antes apenas sabías que existía. Buscar sitios únicos en los que comer. Intentar llevar la vida típica de donde estás. Patearte ciudades de una punta a otra. Disfrutar de los rincones que caracterizan el lugar, y de aquellos que la gente no conoce pero que son igual o más mágicos.
Aprender la cultura y disfrutarla. Empaparte de una cultura que no es la tuya. Olores, idioma, sabores, ambiente, comida…
Perderte con el transporte público porque si ya te pierdes a veces en el de tu ciudad y lo usas a diario, ¿cómo vas a entender un sistema extranjero tan extraño? Coger la línea que no es y darte cuenta pasado un tiempo. Ir memorizando el trayecto de ida para poder adivinar el de vuelta. No saber qué salida del metro coger para ir a parar a donde quieres. Perder el autobús y tener que esperar media hora bajo el sol abrasador.
Desdoblar el mapa y no poder volver a doblarlo por las líneas ya marcadas. Porque es imposible hacerlo, nadie sabe. Y doblarlo como te parece, con la zona que visitas a la vista, para ubicarte y saber volver.
Empezar a buscar un sitio para comer a la hora que la gente allí come, porque te apetece seguir su ritmo de vida. No encontrar nada y acabar en cualquier restaurante de comida rápida que encuentras comiendo a las tres de la tarde.
Superar el jet lag con éxito. Adaptarte a la temperatura como puedes, quejándote una y mil veces del calor insoportable que hace allí o del frío que estás pasando. Poner cara de póker cada vez que miras un menú porque no entiendes lo que pone o no conoces la mitad de la comida que tienen. Echar de menos la siesta española y querer dormir un ratito en cualquier banco de la calle.
Buscar un monumento y no encontrarlo pese a tenerlo en las narices porque estás tan obcecado mirando el mapa e intentando encontrarte nada más llegar que ni siquiera miras a tu alrededor. No encontrar la forma de llegar a donde quieres llegar. Que desde abajo se ve todo muy bien, si hay gente allí arriba es que se puede subir. ¿Por dónde han subido?
Llevar una semana en la ciudad y no darte cuenta de donde estás realmente hasta que te encuentras frente al monumento más simbólico. Porque has visto el Empire State desde el taxi pero hasta que no te ves en Times Square no eres consciente de que estás en Nueva York. Que llevas todo el día en el metro londinense, pero hasta que no ves el Big Ben no te das cuenta de que es real. Que sí, estás rodeada de gente asiática y todo el mundo habla un dialecto del inglés que no llegas a entender, pero hasta que no te pones a buscar dónde comer no te das cuenta de que estás en Singapur.
Recorrerte las calles con sus sonidos y olores particulares y desear que las fotografías capturaran todo lo que tú estás percibiendo en ese preciso momento. Deberían inventar algo que absorbiera los aromas para poder reproducirlos más tarde. Porque dime tú cómo te explico yo el olor de Little India en Singapur. Podría decirte que es una mezcla de olores que no consigo separar, pese a que sé que forman parte de él. Flores, incienso, comida, especias, asfalto, humo… todo junto creando un aroma que mi cerebro no había sido capaz de imaginar nunca. Pero estaría quedándome corta solo con eso.
Podría intentar explicar la sensación de caminar por el puente de Brooklyn justo después de ver el atardecer sobre Manhattan. Teniendo aún esos rojos y anaranjados dando paso al azul más oscuro grabados en la retina, después de haber visto cómo la oscuridad de la noche empezaba a comerse la ciudad mientras los edificios se iluminaban poco a poco. Caminar entre masas de gente intentando fotografiar los edificios más emblemáticos desde el puente. Todo iluminado y perfecto, haciéndote sentir pequeño.
Comidas a base de bocadillos preparados en casa antes de salir que sacas cuando te entra hambre y te comes en cualquier sitio. Porque comer en el mismísimo foro romano en Roma sin pagar un duro por las vistas es único. Comprar el pan y hacerte tu bocadillo enfrente de Notre Damme. Hacerte con un perrito caliente de un puesto ambulante y comértelo de camino a Central Park.
Pasarte tres o cuatro días completamente perdido sin encontrar dónde poder comer la comida típica de allí y sentirte tremendamente orgulloso de ti mismo el primer día que consigues comer como Dios manda. El no saber qué estás comiendo¿pero qué más da? Sé lo que lleva y que está tremendamente rico. Encontrar un sitio pequeño y calentito en el que hacen unas patatas rellenas increíbles.
Sentirte un inútil al empezar a usar palillos y completamente satisfecho cuando puedes coger un solo cachito de comida con ellos. Pelearte con el chino porque no quiere darte palillos, “no sabes usarlos” , y acabar ganando. Darte cuenta de que eso de los cuchillos no está tan expandido como creías, hacer palanca con cuchara y tenedor también funciona.
Descubrir ese lado aventurero que llevas dentro y que no conocías. Sentirte como un crío al caer en la cuenta de que estás donde soñabas estar hace tiempo. Fantasear con cómo era la vida allí hace unos años. Imaginar el Coliseo a rebosar, con leones y tigres en la arena. Vagar por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, porque los mejores sitios los encuentras cuando te desvías de la masa.
Volver a casa, mirar las fotografías del viaje y no poder dejar de pensar “quiero volver, necesito volver”. Y sentirte afortunada por haber tenido el privilegio de conocer mundo.




                 Motivo número 12
                    para ser feliz: 





No comments :

Post a Comment