Monday, September 8, 2014

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Dicen que hay una parte de tu corazón que está como dormida hasta que tienes un animal al que cuidar. Que no sabes lo que significa querer y ser querido hasta que tienes una mascota, un compañero de por vida.
Siempre he querido tener un perro, para mí todo el mundo tenía uno menos yo y eso era realmente frustrante. ¿Por qué yo no podía tener un perro? Todas las familiares normales tienen uno, lo sacan de paseo, duermen con él… Pero yo nunca tuve uno.
Mis primas tenían una perra y un gato, estaba deseando pasarme por su casa solo para jugar con ellos porque yo no tenía nada parecido en casa. Posteriormente mi otra prima tuvo una perra y, como vivía en la casa de al lado, incluso llegué a salir de paseo con ella.
Pero yo nunca tuve un perro.
En su lugar tuve un par de hámsters. El primero sufrió una muerte horrible y el segundo era un torbellino que se comía hasta su propia casa y que murió de viejo. Le regalamos una cobaya a mi hermana, blanca como la nieve y con los ojos rojos. Era tan pequeñita cuando la trajimos a casa que cabía perfectamente en la palma de una mano.
La pobre murió a los cuatro años en el veterinario por el estrés que le causó el tratamiento para la neumonía que le estaban dando. Tardamos un tiempo en superarlo. Mi padre no podía comprender cómo podía darnos tanta pena si apenas pasábamos tiempo con ella, tampoco podíamos jugar o sacarla de paseo. Pero estuvimos un tiempo sin querer más mascotas por casa.
Apenas tardó unos meses mi madre en interesarse por las asociaciones protectoras, más en concreto por las de pequeños animales. Empezó a mirar información sobre los conejos domésticos, que se abandonaban a raudales en las calles cuando crecían más de lo que los dueños pensaban.
Y así, casi sin darnos cuenta, acabamos con un pequeño conejito metido en casa. Aún recuerdo el día que llegó, tan pequeñito y delgado, como si hubiera estado mucho tiempo sin comer bien. La chica de la asociación le dejó en la jaula con la puerta abierta y él no quería salir.
Era color canela salvo por una mancha gris en un lado. La oreja derecha le llegaba casi hasta el suelo salvo cuando la levantaba y la izquierda era menos de la mitad de esta. Le habían encontrado en una caja junto a un contenedor acompañado de uno de sus hermanos. Nadie sabe qué le pasó en la oreja, si alguien se la cortó, si se le enganchó en algún lado o si su madre se la mordió. Pero a mi me pareció de lo más original y perfecto. Pocholo.
Se me ocurren pocas cosas mejores que pararme a mirar cómo se tumba, cómo corretea por el jardín, cómo come. Cómo vive. Simplemente me gusta verle vivir feliz, al menos parece feliz.
Me gusta estar ahí mirándole ir de un lado a otro. Me encanta cuando decide que su caminar puede esperar y cree que es mejor tumbarse a mi lado. Me derrite que se levante y me de un golpecito en la pierna para que le de mimos.
¿Hay algo mejor que sentarse a tu lado en el suelo a acariciarte mientras los dos miramos a las musarañas, Pocholo? Diría que no.
Al igual que dudo que haya algo mejor que ver cómo la perra de mis tíos da vueltas sobre sí misma hasta encontrar la posición adecuada para tumbarse. O embelesarme con el ritmo respiratorio que lleva durmiendo. O reírme a carcajadas cuando se pone a pedir comida porque sabe que tengo algo.
Al igual que me sorprende a diario la forma que tienen los animales de notar nuestro estado de ánimo. Cómo se acercan mis dos pequeños conejos a mi cuando bajo solo para sentir la compañía de alguien o cómo se me tiran encima cuando estoy a punto de echarme a llorar.
Nada mejor que estar durmiendo la siesta, que tu mascota decida que ya es suficiente por hoy y se tire encima tuya a despertarte. Si se despierta él se despiertan todos. Y punto. No hay discusión.
La satisfacción al salir a la calle con ellos, que ellos saluden animadamente y todo el mundo les elogie. Lo divertido de darles un baño y que se sacudan en mitad del enjuagueno pueden esperar nunca a que hayas terminado. Dormirte con ellos encima o que ellos se duerman encima de ti. La alegría que te invade cuando confían tanto en ti que puedes darles de comer en la mano, cogerles sin mordiscos, acercarte a ellos mientras descansan tirados en el suelo…
¿Hace falta algún motivo más para ser feliz con un animal compartiendo tu vida?

Motivo número 3 para ser feliz

1 comment :

  1. Me has emocionado con este post.
    He recordado a todos los animales con los que he convivido; y el pensamiento que tuve el otro día mirando a Mithra (mi hamster) haciendo girar la rueda tumbada panzarriba: "eres lo mejor que hay ahora mismo en mi vida".
    Durante un largo tiempo no he tenido mascotas y me faltaba algo. Me hacen sonreir con sólo observarlos un rato. Me dan paz y me hacen sentir que todo irá bien con sólo acariciarlos. Me vuelvo absurdamente tierna con ellos...
    Los animales sacan lo mejor de mí, algo que no saco con las personas.

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